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¡Adieu, Capeto, adieu!

Cuando Luis XVI subió al cadalso en la helada mañana del 21 de enero de 1793, París contuvo el aliento. Instantes después la hoja de Madame Guillotine hizo lo propio: Cayó sobre el cuello del monarca.  Veloz, implacable, silbando en el aire y dejando el regusto amargo del golpe seco sobre la madera tras el crujir de los huesos y la carne que se pudo escuchar en la primera fila. Y París entero se echó a la calle a celebrar su muerte. ¡Adieu, Capeto, adieu! ¡Al fin libres! ¡Fiesta! ¡Alegría!

'Ejecución de Luis XVI'. Grabado anónimo

Pero cuando se acabó la fiesta, Francia entera buscó entre la gente un nuevo sueño que perseguir. Rey muerto era buen rey; pero la vida continuaba después de la pérdida absoluta de la cabeza de Luis XVI y, tras el vino y la cerveza de la fiesta, las barrigas seguían vacías y el pan llegaba escaso a la mesa.

Entonces apareció aquel Robert Pattinson de provincias, honrado, virtuoso, con su voz modulada y cargada de pureza y determinación, hablando de igualdad, de libertad y de fraternidad. Había llegado pocos años antes a París y no era especialmente popular entre la gente; pero del Club de los Jacobinos llegaban noticias de un nuevo orador que hacía soñar con una nueva Francia.

Puede que Dalton tuviese más carisma o Marat más audacia; pero empezaba a dar igual. Eran sólo unos incendiarios que no sabían más que vociferar en las plazas. El auténtico salvador del pueblo era Robespierre. Cuando hablaba contra las clases sociales poderosas y opresoras, cuando recordaba al viejo Luis XVI con sus opulencias y su régimen despótico. Robespierre hablaba para el pueblo llano, la gente de a pie. La revolución había llegado. No más injusticia social, no más corrupción. Aquel sistema tiránico diseñado para empobrecer al pueblo se tenía que terminar. Aquellas palabras sí que eran esperanza para Francia.

 

Y así, ascendió Robespierre al poder. Y en nombre del pueblo, Robespierre instauró un régimen que hacía temblar incluso a quienes lo habían ayudado a alzarse. Obsesionado con la virtud, proclamaba que el terror no era más que la justicia rápida, severa e inflexible que limpiaba Francia de traidores, como si eso hiciera menos aterrador el silbido de la cuchilla que caía sin descanso en la Place de la Révolution.

Bajo su mando, la guillotina se convirtió en una máquina de movimiento perpetuo, bajando su filo sin descanso día tras día. Su filo brillaba al amanecer y al anochecer, ejecutando a nobles, campesinos y burgueses por igual. Nadie estaba a salvo. Ni siquiera sus aliados más cercanos. Danton, el gigante de voz atronadora, fue silenciado con un corte limpio. Camille Desmoulins, el amigo de infancia que había compartido con Robespierre sueños de libertad, encontró su final entre lágrimas y reproches. Robespierre no sólo dictaba la ley, era a la vez juez, jurado y verdugo.

El 27 de julio de 1794, mientras el sol se alzaba sobre París, Robespierre se presentó ante la Convención con un discurso que pretendía ser grandilocuente, pero que resultó ser su epitafio. Acusó, amenazó, y finalmente, perdió el control de la sala. “¡Es un tirano!”, gritaron sus antiguos seguidores. Aquella noche, fue arrestado junto a sus acólitos. Al día siguiente, fue su turno de subir al cadalso.

Diez años más tarde, un jovencísimo general, que había alzado la voz contra los desmanes del Terror y Robespierre y prometido restaurar el orden y la estabilidad en Francia, se coronaba él mismo emperador en Nuestra Señora de París.

 

 

Publicado en Actualidad Personal

Un comentario

  1. Carlos Carlos

    Los blogs ahora no se llevan, de ahí que me haya llevado una grata sorpresa al encontrarme este. Veo que no tiene mucho contenido pero está genial el que tiene. Este artículo me ha encantado. Al leerlo supe que habla de actualidad y estoy totalmente de acuerdo. Me gusta mucho lo que escribes Ezequiel. Ojalá sigas escribiendo. Seguiré pendiente.

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