El mundo, desde siempre, ha sido un lugar inhóspito. Un olor extraño, un mordisco a la fruta equivocada y abono para los helechos. Así que, para evitar que nos extinguiéramos, la genética fue haciendo lo suyo y nos fue dotando con una serie de mecanismos y sistemas (desde el cerebro reptiliano hasta el neocórtex) que nos han permitido sobrevivir: Luchar o volar, dominar el entorno, territorializarlo, planificar, generar estrategias. Miedo, valor, marcha bípeda, superación y capacidad de abstracción y planificación. Poderosas herramientas para que ese mamífero que nace entre llantos, completamente indefenso y rodeado de todo tipo de amenazas se sobreponga a todos los peligros y sea capaz, no sólo de adaptarse al medio, sino de domeñarlo y manipularlo a su antojo.
Sí. La genética hace muy bien su trabajo, pero también hace trampas. Porque el hombre jamás se ha enfrentado solo al mundo. Se sirve de sus progenitores desde que nace y mientras no es capaz de defenderse. Se sirve del grupo para aprender el conocimiento adquirido en el pasado. Se sirven unos grupos de otros para intercambiar materiales, herramientas y experiencias. La historia de la humanidad y su progreso nunca ha sido un solo ante el peligro. Incluso Will Kane tuvo ayuda.
Ni siquiera en la prehistoria las tribus vivían en modelos puramente autárquicos. El estaño y el cobre viajaban entre regiones; las conchas marinas hacían largos viajes mar adentro; el sílex atravesaba continentes. La idea de que el individuo puede prosperar exclusivamente con los medios que se encuentran hasta donde la vista le alcanza es poderosa y muy útil para dotarlo de afán de supervivencia y superación; pero en el fondo tan naif y alejada de la realidad como el que piensa que la contaminación que vierte al aire el vecino no afecta a lo que él respira; o, que si se cierran todas las ventanas y no se deja pasar el sol, se venderán más velas.
Desde Adam Smith ha quedado irrefutablemente establecido que aranceles y barreras comerciales perjudican la prosperidad económica de las naciones: Dañan su eficiencia económica, perjudican a sus consumidores, favorecen la corrupción y generan todo tipo de represalias y guerras comerciales de las que sólo ciertas oligarquías pueden verse favorecidas en el corto plazo, en detrimento de los intereses generales de las naciones involucradas en dichas batallas comerciales.
Lo que sucede es que Adam Smith hablaba de comercio y la apertura de fronteras y la globalización, en general en la práctica, ha traído otras muchas consecuencias. No sólo la inmigración ilegal, sino la imposición de ciertas posturas como ética y moralmente superiores, incluso incuestionables; mientras los ciudadanos de las naciones que en inicio eran más prósperas han pagado un alto coste a causa de estas políticas, y sus problemas y los del mundo en general han seguido sin resolverse o se han agravado (o como tal se percibe).
Cualquiera que haya visto The Croods lo habrá entendido inmediatamente: Salir de la cueva tiene muchos más riesgos que vivir encerrado y aislado en ella, pero es la única forma posible de crecer y evolucionar.
Hace cientos de miles de años los bebés que emitían soniditos durante el sueño conseguían mantener a sus progenitores alerta y vigilantes durante su descanso y, consiguientemente, sobrevivían más a los ataques de las bestias. Hoy, los bebés siguen emitiendo esos soniditos mientras duermen. Es fácil visualizar que los padres de los que no emitían esos soniditos dormían más despreocupados de las visitas nocturnas de los lindos gatitos de la época con la consiguiente drástica reducción de la esperanza de vida de infantes y adultos.
De esta manera, siempre han sobrevivido los mejor preparados para ello y se ha ido conformando una suerte de memoria genética en el ser humano que graba comportamientos, reacciones e instintos en nuestras células pasando a las generaciones futuras. Quizás por eso, de una forma instintiva, ante el miedo de lo que hay fuera nos acurrucamos entre las mantas de la cama, como los neandertales que se encerraban en la cueva para protegerse de las bestias.
Lo cierto es que, si no hay bestias, acurrucarse entre las mantas calentitas de la cama bajo el sonido de la lluvia repiqueteando sobre las ventanas y el viento silbando entre las cajas de las persianas, ayudará de forma efectiva a disipar la imagen de las amenazas y probablemente a conciliar un sueño apacible y reconfortante; pero, como bien saben los avestruces (que a pesar del mito no entierran la cabeza), cuando el peligro es cierto no sirve de nada esconderse. Lo que los estrutioniformes inteligentes hacen para sobrevivir es formar asociaciones defensivas con rumiantes como las cebras o antílopes, lo que les permite huir más efectivamente de los depredadores; y, si esto no funciona, pegan patadas (y bien contundentes, por cierto) contra todo enemigo que se les acerque demasiado.
La vida, con todos sus riesgos, está fuera, explorando y aprendiendo, intercambiando experiencias y conocimientos, enriqueciéndose con la diversidad. Poner una piedra delante de la cueva(1) puede servir para subsistir durante un tiempo, y quizás hasta no fuera una mala idea para aquellas familias de neandertales sin capacidad de aprender del exterior; pero, evolutivamente hablando, es una forma magnífica de condenarse a la extinción.
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(1) Nota: No, nuestros antepasados no movían piedras cada noche a modo de puertas delante de las entradas de las cuevas. Esa es una imagen (muy expresiva, por cierto) utilizada con gran ingenio por los creadores de la película para representar el aislamiento de la vida en la cueva frente al descubrimiento del mundo exterior.
Una reflexión muy bien arguemntada.
Gracias.